cereza.boleaCría fama y acuéstate a dormir¡, dice el refrán.

Pero todo comienza por un principio, un comienzo lo suficientemente bueno. Tanto así que las primeras cerezas de Bolea debieron ser perfectas.

Bolea es un pequeño pueblo de Huesca, Aragón. Y hoy celebran la fiesta de las Cerezas, donde el pueblo vende a puertas abiertas o en un mercadillo las cerezas recogidas del día. Además de lucir inmaculadas, y al probarlas, deleitar con una textura carnosa que llena la boca, se venden mucho más barato que en los supermercados. En realidad, a precio justo de sudor y mérito del agricultor.

Según Aragón televisión, hoy pasarían por Bolea más de 5000 personas en busca del oro granate, y estos frutos pueden llegar a medir 35 mm de diámetro.

A continuación: El arte de engullir una cereza.

Lo primero. Aterrizar en Bolea en un descampado de polvo ocre, orientado por la policía y algunas chicas voluntarias, encargados todos del orden de los coches. La vista del paisaje es de foto. Prepirineo.

Luego. Ya. Las cerezas en la cara como un mar de infinitas tonalidades de rojo. La barriga hace aguas y se escucha el eco del último movimiento del estómago. 2 kilos son iguales a 5 euros, exactamente una cajita rectangular de madera.

Eran casi negras las bolas del rabito verde, lo que se tira junto a la semilla durísima que lleva en su interior. El resto es otra cosa. Es carne. Es dulzor. Es kilo y medio comidos en apenas 15 minutos.

Aunque siempre pasa igual, lo primero que comas no sabe igual a lo último que comas, cuando ya estás reventado de masa y liquidillo rojo como sangre. Entonces sientes como los dientes entran cortando hasta la dura semilla. Haces un rodeo aislando la semilla, la despojas de su cereza encarnada, y la tiras a las calles de Bolea, como si fuese tu aportación a la continuidad de la siembra, tu mérito.

Más tarde te vas, con dos o tres cajas de 2 kilos, y un dolor de barriga del carajo¡

En mi tierra dicen: A un gustazo, un trancazo¡ ¿Otro refrán?