Una sensación de barco a la deriva recorre su cuerpo. ¿Cuándo se rompió el mástil? ¿Dónde? ¿Qué viento sacudió sus rodillas y cambió su punto de vista? Arrodillado como un penitente tuvo ante sí la certeza, el miedo a las palabras que nunca se dicen, pero que están. No era suficiente. Se dejó caer por fin a ras del mar del parquet. Flotaba.

Al otro lado de la ventana los troncos y ramas desnudas de los árboles como una telaraña. Los coches como moscas, la gente como insectos. La nieve blanquísima ponía demasiada luz en la escena.

Al otro lado de la ventana el náufrago se hizo un café como si nada. Necesitaba algo caliente que asir, algo tibio y cálido, masticar abrazos por ejemplo, tragar las caricias y los besos que se fueron por la puerta, en el aire, como los fantasmas.

Miraba el pozo del café con la fe un avistamiento de tierra, pero no había nada.