Algo se mueve

Una sensación de barco a la deriva recorre su cuerpo. ¿Cuándo se rompió el mástil? ¿Dónde? ¿Qué viento sacudió sus rodillas y cambió su punto de vista? Arrodillado como un penitente tuvo ante sí la certeza, el miedo a las palabras que nunca se dicen, pero que están. No era suficiente. Se dejó caer por fin a ras del mar del parquet. Flotaba.

Al otro lado de la ventana los troncos y ramas desnudas de los árboles como una telaraña. Los coches como moscas, la gente como insectos. La nieve blanquísima ponía demasiada luz en la escena.

Al otro lado de la ventana el náufrago se hizo un café como si nada. Necesitaba algo caliente que asir, algo tibio y cálido, masticar abrazos por ejemplo, tragar las caricias y los besos que se fueron por la puerta, en el aire, como los fantasmas.

Miraba el pozo del café con la fe un avistamiento de tierra, pero no había nada.

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Vacaciones en un lugar llamado Bangkok

dedicado a Verónica, amiga del viaje

La única forma de resumir un viaje tan intenso sería escribiendo una novela. Sí. Últimamente me he vuelto más irónico. 20 días oliendo Bangkok dan para mucho, quizás hasta para una secuela del mítico libro “El Perfume”, de manera que Jean-Baptiste Grenouille tendría el mayor reto posible de todos los tiempos, resumir en un frasco el maravilloso mundo de los olores de Bangkok.

Desde que el avión te escupe por la escalerilla el calor húmedo se pega al pulmón como una espora. Y no te soltará más. Te recibe el guía, te presentas ante los otros turistas del mismo grupo, reconvertidos en amigos más tarde, te subes al autobús. Arranca. Sortea obstáculos. Entonces es cuando empieza la película de Bangkok.

Si fuésemos un ordenador tendríamos problemas para procesar todo la información visual y sensorial que produce una capital como Bangkok.  Y como no lo somos, al tercer día de callejear Bangkok, en general toda Tailandia, el cerebro pide tiempo como en el Básquet, pide calma, pausa, porque los olores entran en tu cabeza y salen sin procesar, los coches se atascan a cada minuto en las súperpobladas calzadas y aunque vas a pie sufres atasco mental igual, las motos invaden las aceras, debes vigilar todo los movimientos posibles de todas las cosas antes de que ocurran si quieres salir ileso de un tranquilo paseo. Además, desde bien temprano, los pollos se dejan freír en todas partes, en competencia absoluta con la carne de cerdo, que también se deja freír, y rebosar, y adobar, en cocinas itinerantes, o no. Y sí, las cocinas se quedan para siempre en una esquina atrapando estómagos ávidos de frutas decididamente diferentes, olorosas, raras, voluminosas, y más pollo en toda forma geométrica, en competencia con la carne de cerdo, y aleatoriamente pescado, también en formas geométricas tan comunes como bolas, bolitas, cilíndricas… las salchichas de toda la vida con palito de madera en el medio como un helado. Y mientras todo esto ocurre el aire huele a brasa, a aceite quemado mil veces, a piel sudorosa entre maíces asados, a motor diesel sin ajustar con raíl de tren, el skytren. Bien temprano. Al mediodía. En la tarde. Por la noche. Bien temprano del día siguiente. Y cuando ya es tarde en la tarde y se supone un break para pensar, no, comienzan los puestos de los mercados de  ropa y artículos diversos a plantarse en las aceras como maceteros, yuxtapuestos, unos encimas de otros con el espacio suficiente y previsto para que entre el comprador, el cliente, el turista del artículo falso de turno. Un reloj por aquí. El mismo reloj unos metros más adelante, más adelante, más delante, y el mismo reloj, más las mismas camisetas, mira una rata, y un 7eleven para calmar la sed a base de cervezas Chang, después más camisetas, bolsos, cinturones, pantalones Thai con el mismo casual elefante repetido unos metros más adelante en otros puestos, mira una rata, es de noche, y las ratas viajan de alcantarilla en alcantarilla sobre agua a veces estancada y putrefacta que huele al Bin Bang, el comienzo de todo, si es que huele a algo según nuestra memoria olfativa recuperada del fondo para la ocasión. Podría decirse que Bangkok es un inmenso Mercado, que tiene a su vez mercados más pequeños, por decir algo. Hasta mercado flotante por esa curiosidad de que la madera flota, o venta sobre balsa por los canales de Bangkok, en las afueras, canales que compiten en pestilencia turística, mientras se venden, como no, pollo y cerdo a la brasa en el medio de una balsa, o pulseras, o gorros típicos tailandeses, mientras las balsas se mueven con remos, palos que impulsan, o motores diesel al aire como Artdeco. En el otro mercado, el del tren, pasa el tren, por el medio del universo mismo pestilente de comida viva meneándose en una palangana, y a unos pasos más allá los sapos se abren como las señoritas del Barrio Rojo de Bangkok, dispuestos a ser comidos. El tren pasa, y pita. Los enseres que soportan la inclasificable comida  están preparados para correr sobre miniraíles dando paso al tren, y pasa. A ras del raíl queda lo inamovible, las frutas en cajas que no merecen ser rescatadas porque el tren al pasar, y pasa, roza apenas la comida y no importa luego quién se coma aquello. Los recogepelotas del mercado espantan a la gente pitando con carretillas estrechas como un siluro. Llevan siluros en cajas, calamares secos, vivos, blancos, tinta de calamar en bolsa, babas de tiranosaurios con picante, un decir. O sea que puede decirse que Bangkok es para estómagos de hierro y narices no muy finas. Pero es encantador. Una experiencia que quizás merezca una novela, al estilo del querido y horrible Jean-Baptiste Grenouille.

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El fuego oculto del empleo en España

Cuando veas las barbas de tus vecinos arder, apágalas. Es el mejor apoyo que pueden necesitar en un momento, ya imaginas, de peligro.

Pero huimos y los desempleados caen como moscas. Pero aguantamos porque el miedo es horrible y aceptamos limosnas del Siglo 18 para continuar “trabajando”, en una especie de limbo mental, en algo cómico que es ya “trabajar”.

Como dicen en mi país. Haz como que me pagas, y yo haré como que trabajo.

El ejército de infelices desempleados en España es tal que si toses te expulsan como un quiste y a por otro idiota que acepte una barraca y una rebanada de pan al día. 300 euros brutos al mes caen como la distancia de una gota en una cueva.

Entonces, viene el listo de un periodicucho naranja y dice: Pero son pocas horas. Sí. Las pocas horas de todos los fines de semana al año. Juguemos a ser idiotas.

Un bruto piensa en 300 euros brutos, del que quitando impuestos por una subida bruta del Gobierno, quedan en 250 más o menos. Luego al descontar el consumo de combustible del coche que también ha subido brutamente con el que vas al “supuesto” trabajo: son, dinero efectivo y limpio, 200 euros un poco menos bruto. Y sin vacaciones.

Cuando veas las barbas de un amigo arder, busca al ignífugo, y asústale también. Una Huelga General Indefinida quizás funcione como extintor.

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La Cretina Realidad (20)

Escenario A

El ciclista, como muchos ciclistas, vuelan por el asfalto. Y si el tiempo de la cita está cerca, o se sospecha llegar tarde, no es que el ciclista vuele, es que desaparece. Es entonces cuando la mente del ciclista se convierte en un punto estático sobre el que dejan rastros de luz las casas, la gente, los edificios, y la escuela de Alemán: ¡Anda, una pelota! Pensé de inmediato porque veía la cosa redonda como aterrizaba bajo un coche. Y claro; niño es igual a pelota. Frené. En seco. Pero el niño estaba preso tras una valla de la escuela de Alemán. ¿Señor, me coge la pelota? Bajé del ciclo. Cogí al gato, o sea la pelota, y la lancé al patio de los pequeños alemanes. Todos los niños corrían ya detrás del balón cuando montaba en la bici, menos uno. ¡Gracias Señor! Me dijo.

Escenario B

Dios quiera que cuando llegue a viejo sea lo suficientemente avispado para cruzar calles y avenidas con paso firme. Y que respete a los hombres rojos como guardias civiles. O a los hombres verdes como señoritas de una juventud irremediablemente  extinta y salga corriendo entre los coches detenidos. No lo sabré hasta que llegue el momento. Pero sí sé de momento que hay viejos que cruzan calles y avenidas quién sabe porqué señal de una juventud irremediablemente senil. Hay viejos que confunden coches con ganados, calles con cañadas reales, y bocinazos con relinches de caballos. Hay viejos de tres patas, y hasta cuatro, y otros motorizados por el paso de cebra contra natura, que, en cualquier caso, cuando aparece el Guardia Civil quedan petrificados en el medio de la nada.

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